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miércoles, 23 de agosto de 2017

La tostada quemada.


Cuando era niño, ocasionalmente mi madre como cena nos daba café con leche con muchos agregados.



Recuerdo especialmente una noche, cuando ella nos sirvió café con leche, después de un día de trabajo muy duro.

Esa noche, mi madre le puso un plato con huevos revueltos, fiambre y tostado bastantes quemadas frente a mi padre.

Recuerdo haber esperado un poco, para ver si papá notaba ese hecho.

Todo lo que mi padre hizo, fue tomar su tostada, sonreír a mi madre y preguntarme cómo había sido mi día en la escuela.

No recuerdo lo que le respondí, pero recuerdo haberlo mirando, untando la torrada con manteca y jalea y comiendo cada bocado.

Cuando me levanté de la mesa, aquella noche, escuché a mamá disculpándose por haber quemado las tostadas.

Nunca me olvidé de la respuesta de papá "me encantó la tostada quemada".

Más tarde, aquella noche, cuando le fui a dar un beso de buenas noches a papá, le pregunté si realmente le había gustado aquella tostada.

Él me tomó en sus brazos y me dijo:
Compañero, tu madre tuvo un día de trabajo muy pesado y estaba realmente cansada... Además de eso, una tostada quemada no le hace mal a nadie.

La vida está llena de imperfección y las personas no son perfectas. Tampoco soy el mejor marido, el mejor empleado o cocinero, tal vez ni siquiera el mejor padre, aunque intente serlo todos los días.

He aprendido a través de los años, que saber aceptar las fallas ajenas, intentando minimizar las diferencias entre unos y otros, es una de las llaves más importantes para crear relacionamientos saludables y duraderos. Desde que tu madre y yo nos unimos, aprendimos los dos a suplir uno las fallas del otro.

Yo se cocinar muy poco, pero aprendí a dejar la olla de aluminio reluciente. Ella no sabe usar la perforadora, pero después de mis arreglos, ella hace que todo quede limpio y perfumado. Yo no se hacer una lasaña como ella lo hace, pero ella no sabe asar una carne como yo lo hago. Yo nunca supe hacerte dormir, pero conmigo tu tomas un baño rápido y sin reclamar.

La suma de nosotros crea el mundo que te recibió y te apoya, ella y yo nos complementamos. Nuestra familia debe aprovechar este nuestro universo mientras estemos los dos presentes.

No es verdad que más tarde, el día que uno de los dos parta, este mundo se va a desmoronar, de ninguna manera. Nuevamente tendremos que aprender a adaptarnos para hacer lo mejor.

De hecho, podríamos extender esta lección para cualquier tipo de relacionamiento, entre marido y mujer, entre padre e hijos, entre hermanos, entre colegas, con amigos y también en el ambiente profesional. Entonces hijo, esfuérzate para ser siempre tolerante, principalmente con quien dedica su precioso tiempo de vida a ti y al prójimo.

Las personas se olvidarán de lo que le hagas, o de lo que le digas. Pero nunca se olvidarán el modo en el cual las hiciste sentir.


lunes, 5 de junio de 2017

El día en que me volví invisible, una desgarradora historia.




No sé ni en qué día estamos.
En esta casa no hay calendarios, y en mi memoria los días están hechos una maraña. Me acuerdo de esos calendarios grandes, unos primores, ilustrados con imágenes de los santos que colgábamos al lado del tocador...
Ya no hay nada de eso, todas las cosas antiguas han ido desapareciendo.
Y yo, yo también me fui borrando sin que nadie se diera cuenta.


Primero me cambiaron de cuarto, pues la familia creció. Después me pasaron a otra más pequeña aún, acompañada de una de mis bisnietas.  Ahora ocupo el cuarto de los trebejos, el que está en el patio de atrás.
Prometieron cambiarle el vidrio roto de la ventana, pero se les olvidó, y todas las noches por allí se cuela un airecito helado que aumenta mis dolores reumáticos.
Desde hace mucho tiempo tenía intenciones de escribir, pero me he pasado semanas buscando una pluma, y cuando al fin la encontraba, yo misma volvía a olvidar en dónde la había puesto.
A mis años, las cosas se pierden fácilmente, claro que es una enfermedad de ellas, de las cosas, porque yo estoy segura de tenerlas, pero siempre se desaparecen.
La otra tarde caí en la cuenta de que también mi voz ha desaparecido.
 Cuando les hablo a mis nietos o a mis hijos, no me contestan.  Todos conversan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos, escuchando atenta lo que dicen.

A veces intervengo en la conversación, segura de que lo que voy a decirles no se le ha ocurrido a ninguno y que les van a servir de mucho mis consejos, pero no me oyen, no me miran, no me responden. Entonces, llena de tristeza, me retiro a mi cuarto antes de terminar de tomar la taza de café. Lo hago así de repente, para que comprendan que estoy enojada, para que se den cuenta de que me han ofendido y vengan a buscarme y me pidan disculpas.
Pero nadie viene.
El otro día les dije que cuando muriera entonces sí que me iban a extrañar. El niño más pequeño dijo: “¿Ah... es que tú estás viva, abuela?”.  Les cayó tan en gracia que no paraban de reír.  Tres días estuve llorando en mi cuarto, hasta que una mañana entró unos de los muchachos a sacar unas llantas viejas y ni los buenos días me dio.
Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible.
Me paro en medio de la sala para ver si aunque sea estorbo, pero mi hija sigue barriendo sin tocarme. Los niños corren a mi alrededor, de un lado al otro, sin tropezar conmigo.
Cuando mi yerno se enfermó, tuve la oportunidad de serle útil: le llevé un té especial que yo misma preparé. Se lo puse en la mesita y me senté a esperar que se lo tomara. Sólo que estaba viendo la televisión y ni un parpadeo me indicó que se daba cuenta de mi presencia. El té, poco a poco se fue enfriando. Mi corazón también.
Un viernes se alborotaron los niños y me vinieron a decir que al día siguiente nos iríamos todos de día de campo. Me puse muy contenta ¡Hacía tantos años que no salía, y menos al campo! Entonces el sábado fui la primera en levantarme. Quise arreglar mis cosas así que me tomé mi tiempo para no retrasarlos.
Al rato entraban y salían de la casa corriendo y echaban bolsas y juguetes al coche. Yo ya estaba lista y, muy alegre, me paré en el zaguán a esperarlos. Cuando arrancaron y el auto desapareció envuelto en el bullicio, comprendí que yo no estaba invitada, tal vez porque no cabía en el coche o porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a gusto por el bosque.

Sentí clarito como mi corazón se encogió. La barbilla me temblaba como cuando uno ya no aguanta las ganas de llorar.
Vivo con mi familia y cada día me hago más vieja, pero cosa curiosa, ya no cumplo años.
Nadie me lo recuerda. Todos están tan ocupados. Yo los entiendo, ellos sí hacen cosas importantes. Ríen, gritan, sueñan, lloran, se abrazan, se besan. Yo ya no sé a qué saben los besos. Antes besuqueaba a los chiquitos, era un gusto enorme el que daba tenerlos en mis brazos como si fuesen míos. Sentía su piel tiernita y su respiración dulzona muy cerca de mí. La vida nueva se me metía como un soplo y hasta me daba por cantar canciones de cuna que nunca creía recordar...
Pero un día mi nieta, que acababa de tener a su bebé, dijo que no era bueno que los ancianos besaran a los niños, por cuestiones de salud.
Ya no me les acerqué más, no fuera ser que les pasara algo malo a causa de mis imprudencias. ¡Tengo tanto miedo de contrariarlos!
Ojalá que el día de mañana, cuando ellos lleguen a viejos... Sigan teniendo esa unión entre ellos para que no sientan el frío ni los desaires.
  • Que tengan la suficiente inteligencia para aceptar que sus vidas ya no cuentan, como me lo piden.
  • Y Dios quiera que no se conviertan en "viejos sentimentales que todavía quieren llamar la atención".
  • Y que sus hijos no los hagan sentir como bultos para que el día de mañana no tengan que morirse estando muertos desde antes... como yo.



© Autor: Silvia Castillejos Peral

¡Vamos a cuidar a nuestros mayores!


Reflexión: el último beso.





Como todas las mañanas desde hace ya 6 años, me despertó mi madre ésta mañana para ir a la escuela, había pasado mala noche, con pesadillas sobre monstruos, y me costaba trabajo levantarme. A los 10 minutos mi madre volvió a despertarme esta vez con más premura, se me estaba haciendo tarde, me levanté como un bólido, apenas si me lave la cara me zampe el desayuno en un abrir y cerrar de ojos y ahí estaba mi mamá diciéndome -que comas despacio, que te vas a ahogar-.
Con las prisas del momento le contesté de mala manera:
- Sí ¡ya lo sé!, no empieces a regañarme.
Aún tuve que soportar las preguntas de rigor:
- ¿Llevas el almuerzo, te cepillaste los dientes, tienes listos los libros…?
Yo aún más impaciente le contestaba levantando un poco la voz:
- ¡Que te dije que sí!
Ella sonrió suavemente y me dijo:
- Anda, dale un beso a tu madre y ve con cuidado a la escuela.
Alce los hombros con fastidio y le dije medio enfadado:
- ¡Mamá, que ya es muy tarde no tengo tiempo para eso!
- Está bien hijo, ve de prisa, que Dios te proteja.
Aún retumban mis propias palabras en mi oído: "No tengo tiempo para eso..."

Con las prisas y el enfado me pasó por alto un leve destello de tristeza en su mirada, mientras iba corriendo hacia la escuela estuve a punto de regresarme a darle el beso a mi madre, sentía un nudo en el corazón, pero mis compañeros comenzaron a llamarme y fui hacia ellos, ¿con qué excusa regresaría?, ¿que iba a darle un beso a mi mamá? se hubiesen reído de mí.

De todas formas al regresar a casa después de las clases vería a mi madre en la puerta de mi casa esperándome como siempre, temerosa de que me suceda algo, impaciente si tardo unos minutos ya que me he entretenido con los amigos.

El día se me pasó volando -rápido- en la escuela, entre clase y clase, juegos y almuerzo, y se me había olvidado el incidente de la mañana, sin embargo esta vez, apenas sonó el timbre salí corriendo a mi casa sin entretenerme, desde la esquina esperaba divisar la figura de mi madre en la puerta, pero no había nadie esta vez.Supuse que estaría adentro entretenida con algo pero extrañé de momento su presencia tan segura.

Antes de tocar el timbre salió a la puerta mi padre, ¡¿Pero era mi padre?!, aquel hombre era mucho más mayor de lo que siempre me había parecido, los hombros caídos, los ojos hinchados y un profundo halo de tristeza lo rodeaba. Mi corazón empezó a latir alocadamente presintiendo algo, apenas me salió la voz para decir: ¿Qué pasa papá, mamá está bien? En un suspiro me contestó: "Tu madre sufrió un ataque al corazón ésta mañana, su muerte fue instantánea, nadie se enteró hasta que vinieron a visitarla y la encontraron ahí tendida en el pasillo, fue muy rápido hijo, se fue nuestro ángel...." Un sollozo salió de su garganta y no pudo continuar hablando.


¿Mi mamá, mi mamá?, la que todas las mañanas me despierta, la que por las noches reza conmigo, me arropa y me da un beso de buenas noches, mi madre, a la que ésta mañana contesté de mal modo, a la que no le di el beso de despedida, ¿mi mamá?.

Dios, perdóname, dile que me perdone, aún soy un niño pretendiendo ser un hombre, dile, por favor, que ella es lo que más quiero en esta vida, que sus abrazos me han dado seguridad siempre, y es ahí donde me he sentido más protegido, dile que su suave sonrisa me acompañará toda la vida, y que prometo valorar a las personas que comparten conmigo mi existencia, no malhumorarme con ellas sin ningún motivo, y que les daré mil besos, día a día, por todos los que no pude darle a ella, a mis hijos, sus nietos. Cuídala por mí, mi Dios, que ella es muy buena, y dile por favor, Dios mió, que cuando me toque la hora de partir de este mundo venga a mi lecho y me arrope como siempre lo hizo.

Disfruten no solo de este día, sino todos los días de su vida.... Nunca sabremos hasta cuando tendremos la dicha de su presencia mortal. Y si ya no está con nosotros, no te preocupes; una madre es muy necia y nunca te dejará solo.


jueves, 1 de junio de 2017

El valor de las cosas.



Para comprender el valor de una hermana, pregúntale a alguien que no tiene una.
Para comprender el valor de 10 años, pregúntale a una pareja recién divorciada.
Para comprender el valor de 4 años, pregúntale a un recién graduado.
Para comprender el valor de 1 año, pregúntale a un estudiante que fracasó en su examen final.
Para comprender el valor de 9 meses, pregúntale a una madre que acaba de dar a luz un niño
Para comprender el valor de 1 mes, pregúntale a una madre que acaba de dar a luz un bebé prematuro.
Para comprender el valor de 1 semana, pregúntale a un editor de un periódico semanal.
Para comprender el valor de 1 minuto, pregúntale a alguien que ha perdido el tren, el autobús o un avión.
Para comprender el valor de 1 segundo, pregúntale a alguien que haya sobrevivido un accidente. El tiempo no espera por nadie.
Atesora cada momento que tienes.
Lo apreciarías más si lo compartes con ese ser especial
Porque para comprender el valor de un amigo o un ser querido, solo basta con PERDERLO.

lunes, 22 de mayo de 2017

Tres deseos de un hombre millonario antes de morir.



AL MORIR UN HOMBRE MUY RICO, HIZO 3 PEDIDOS:
1) Que su ataúd fuese cargado por los mejores médicos de la época.
2) Que los tesoros que tenia, fueran esparcidos por el camino hasta su tumba.
3) Que sus manos quedaran en el aire fuera del ataúd a la vista de todos.
¿Alguien asombrado le pregunto cuales eran sus razones?

Él explicó:

1) Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd, para demostrar que ellos NO tienen ante la muerte el poder de curar.
2) Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros, para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí se quedan.
3) Quiero que mis manos queden descubiertas fuera del ataúd, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos, al morir nada material te llevas...

"EL TIEMPO" es el tesoro más valioso que tenemos, podemos producir más dinero, pero no más tiempo...!

El mejor regalo que le puedes dar a alguien es TU TIEMPO!

El árbol de los problemas.




La historia de un carpintero que tuvo un día lleno de problemas, pero que al final de la jornada pudo darle una invaluable lección a un granjero, con su ARBOL DE LOS PROBLEMAS...
Un hombre después de pensarlo se decidió a reparar una vieja casa que tenía en una granja. Entonces, contrató a un carpintero que se encargaría de todos los detalles logísticos de restauración.


Un día decidió ir a la granja, para verificar cómo iban todos los trabajos. Llegó temprano y se dispuso a colaborar en los quehaceres que realizaba el carpintero. Ese día parecía no ser el mejor para el carpintero. Su cortadora eléctrica se había dañado, haciéndole perder dos horas de trabajo. Después de repararla, un corte de electricidad en el pueblo le hizo perder dos horas más de trabajo. Tratando de recuperar el tiempo, partió dos cierras de su cortadora. Ya finalizando la jornada, el pegamento que disponía no le alcanzaba para mezclar su fórmula secreta de acabado.
Después de un día tan irregular, ya disponiéndose para ir a su casa, el camión se le negaba a arrancar. Por supuesto, el dueño de la granja se ofreció a llevarlo. Mientras recorrían los hermosos paisajes de la granja, él iba en silencio meditando. Parecía un poco molesto por los desaires que el día le había jugado.
Después de treinta minutos de recorrido llegaron a la casa del carpintero, y de sorpresa lo invitó para que conociera a su familia. Mientras se dirigían a la puerta, el carpintero se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, de color verde intenso y por demás hermoso. Tocó varias ramas con sus manos, mientras admiraba sus preciosas hojas.
Cuando abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas y alegría. Sus hijos se lanzaron sobre él, dando vueltas en la sala. Le dio un beso a su esposa y lo presentó. Le invitó un refresco y una suculenta empanada. Ya despidiéndose, lo acompañó hasta el auto.

Cuando pasaron nuevamente cerca del árbol, la curiosidad fue grande y le preguntó acerca de lo que había visto hacer un rato antes. Le recordó su conducta con el árbol.
¡Ohh!, ese es mi árbol de los problemas, contestó.
Y luego procedió a explicar y dijo: sé que no puedo evitar tener dificultades en mi trabajo, percances y alteraciones en mi estado de ánimo. Pero una cosa sí es segura: Esos problemas no pertenecen ni a mi esposa y mucho menos a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el “árbol de los problemas” cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana los recojo nuevamente, porque tengo que solucionarlos. Lo divertido es, dijo sonriendo el carpintero, que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.
El dueño de la granja se subió a su auto, meditando sobre la estrategia del carpintero para ser más feliz y evitar contaminar el hogar con los problemas laborales. Entonces se dijo, valió la pena el paseo de hoy.
Llegó a la granja y se dispuso a seleccionar su árbol de los problemas. Y desde entonces cada vez que llegaba a su hogar ya saben lo primero que hacía.

“Tenemos que saber que el mundo sólo se puede captar mediante la acción y no la contemplación. El impulso más poderoso, en el ascenso del hombre, es el placer que le produce su propia habilidad. Gocemos haciendo lo que hacemos bien, y habiendo hecho bien, gocémonos haciéndolo mejor y lo que no sabemos aprendámoslo y gocemos aprendiendo y luego seremos mejores porque habremos aprendido con gozo”.

sábado, 20 de mayo de 2017

Reflexión: ¿Cuánto cuesta un milagro?




Micaela, una niña de ocho años oyó a sus padres decir que su hermanito Andrés estaba muy enfermo y que ellos no tenían el dinero necesario para pagar la operación que podría salvar su vida. «Sólo un milagro puede salvarlo», les oyó decir.
Micaela, fue a su habitación y sacó de un frasco todos sus ahorros. Vació el contenido y con todas las monedas que tenía fue a la farmacia. Esperó con paciencia al farmacéutico que estaba muy ocupado hablando con otro hombre.
Por fin, molesto, le preguntó. - ¿Qué necesitas? -  Estoy conversando con mi hermano que vino de Chicago y al que no he visto en mucho tiempo – añadió, sin esperar que la niña respondiera su pregunta.
- Es por mi hermano, dijo la niña - está muy enfermo y quiero comprarle un milagro.- ¿Cómo? - preguntó el boticario.- Se llama Andrés y tiene algo muy malo que le está creciendo dentro de la cabeza. Dice mi papá que sólo un milagro le puede salvar. ¿Cuánto cuesta un milagro?
- Aquí no vendemos milagros, lo siento, pero no puedo ayudarte - contestó éste, con un nudo en la garganta.
- Mire, tengo dinero para pagarlo. Si no es suficiente, conseguiré lo que falte. Dígame cuánto cuesta.
El hermano del farmacéutico era un hombre muy elegante. Se inclinó, y preguntó a la niña:- ¿Qué clase de milagro necesita tu hermano?- No sé, respondió Micaela, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Lo que sé, es que está muy enfermo y dice mamá que necesita una operación, pero como mi papá no puede pagarla, quiero hacerlo yo con mi dinero.


- ¿Cuánto tienes? - preguntó el señor que venía de Chicago.- Un dólar y once centavos - respondió Micaela con voz apenas audible. Es todo lo que tengo, pero si hace falta, puedo conseguir más.
- ¡Qué casualidad! - dijo sonriendo, un dólar y once centavos es justo lo que cuesta un milagro para tu hermanito. Seguidamente, el hombre recogió el dinero en una mano y con la otra tomó la mano de la niña y le dijo:- Llévame a tu casa. Quiero ver a tu hermano y conocer a tus padres, para ver si tengo la clase de milagro que necesitas.
Aquel hombre bien vestido era el Dr. Armstrong, especialista en neurocirugía, quien realizó la delicada operación. Al poco tiempo, Andrés se había restablecido totalmente.
La madre emocionada comentó: Esta operación fue un milagro. ¿Cuánto habrá costado? Micaela sonrió. Sabía exactamente cuánto costaba un milagro: un dólar y once centavos...
Cuando Jesús les dijo a sus apóstoles que deberíamos ser como niños, se refería a la FE que debemos tener para alcanzar las metas inalcanzables.



“Micaela es un gran ejemplo, ella salió de su casa convencida de conseguir el milagro para su hermano, sólo porque en su Fe e inocencia estaba el verdadero amor de Dios”

viernes, 12 de mayo de 2017

Carta a mi madre que está en el cielo.




Querida mamita:
“En suaves tules envuelvo tus recuerdos
para que se conserven siempre así,
frescas como el rocío de la mañana.”
Ya no estás a mi lado, daría todo por poder leerte esta carta, pero ya no estás aquí, te has ido a donde no hay regreso, donde no te puedo buscar… Mas en mi corazón, que aún llora tu partida, vives encendida como una llama, porque no habrá más amor del que yo te guardo aquí.



Ya no estás, siento mucha soledad, mucha tristeza y todo lo que me rodea me recuerda a ti, te veo en mis flores, en mis prendas de ropa y en todo de mi vida cotidiana… por qué siempre estabas aquí, mirando y riéndote de mis locas aventuras que te contaba. Te siento aquí, en los cajones que guardan tus fotos, y este dolor de la realidad de tu ausencia, mamita, es tan grande ya casi no puedo ni respirar…


Mamita, me siento egoísta,
pues tengo muchos sentimientos encontrados,
¿por qué tuviste que irte?
No estaba preparada mamita, no lo estaba.
La única distancia que me separaba de ti, era una llamada y ahora no hay nada, sólo silencio, ese mudo silencio que agiganta más mi dolor… No sé cuánto durará este profundo dolor, quizás nunca se vaya, o puede que sea la forma que tengo de retenerte a mi lado. Más debo ser una buena hija de Dios, obedecer y aceptar lo inevitable, sólo Dios sabe el porqué de las cosas.



Mamita,
yo siempre te guardaré aquí
junto a mi corazón,
me haces mucha falta.
A veces parece que todo es un mal sueño,
que voy a despertar
y te veré en el jardín cuidando tus plantas,
hablando y sonriendo.


Te extraño tanto mamita, no sé cómo sigo adelante, más debo sacar fuerzas, siempre me decías que debía hacerme a la idea, pero nadie está preparado para afrontar la muerte y mucho menos la de una madre.


Mas la muerte es implacable y se lleva lo que más amamos, sólo nos queda el consuelo que un día nos volveremos a ver y nos fundiremos en un abrazo eterno. Siempre hablaré de ti, de lo maravillosa que eras, de tus días buenos y malos, pues tu vida me ha servido a mí para ser mejor mujer y madre.


Te amo mamá,
te siento en mi corazón,
pero siempre te extrañaré.

Autor: Shoshan

miércoles, 10 de mayo de 2017

El día en que Dios creó a las madres.




El dí­a en que Dios creó a las madres (y ya habí­a pasado el dí­a y la noche durante seis dí­as), un ángel se le apareció y le dijo:
– ¿Por qué esta creación está dejándote tan inquieto Señor?
El Señor le respondió:
– ¿Has leí­do las especificaciones de esta orden?
1] Ella tiene que ser totalmente lavable, pero no puede ser de plástico.
2] Debe tener 180 partes móviles y sustituibles, funcionar a base de café y sobras de comida.
3] Tener un regazo suave que sirva de almohada para los niños.
4] Un beso que tenga el don de curar cualquier cosa, desde una herida hasta un sufrimiento de amor,
5] y tener seis pares de manos para cumplir con todas las tareas.
El ángel sacudió lentamente su cabeza y le dijo:
– ¿Seis pares de manos Señor? – Parece imposible!?!
– “Pero el problema no es ese “, dijo el Señor – “son los tres pares de ojos que esta criatura tiene que tener.”
El ángel, con un sobresalto, le preguntó:
– ¿Para qué?
– Un par de ojos para ver a través de las puertas cerradas, para cuando se pregunta que están haciendo los niños allí­ dentro (aunque ella ya lo sabe);
otro par en la parte posterior de la cabeza, para ver lo que no deberí­a, pero tiene que saber;
y ojos normales, por supuesto, capaces de consolar a un niño llorando, diciendo: – “Te entiendo y te amo! – Sin decir una palabra.
Y el ángel comenta:
– Señor … es hora de dormir. Mañana será otro dí­a.
Pero el Señor le explica:

– No puedo, está casi lista. Ya tengo un modelo que se cura cuando se enferma, que puede alimentar a una familia de seis con una libra de carne molida y puede convencer a un niño de 9 años que se bañe…

El ángel lentamente dio la vuelta al modelo y habló:
– Es muy delicada Señor!
Pero el Señor dijo con entusiasmo:
– Pero es muy resistente! No te imaginas lo que esta persona puede hacer o soportar!
El ángel, analizando mejor la creación, observa:
– Hay una fuga Señor…
– No es una fuga, es una lágrima!
Y esta sirve para expresar alegrí­a, tristeza, dolor, soledad, orgullo y otros sentimientos.
– Eres un genio, Señor! – dijo el ángel emocionado con la creación.
– Pero no fui yo quien puso esa lágrima ahí­. Sólo apareció…